viernes, 23 de enero de 2009

Amasando el pan


Hoy vi a Horacio y Cristina, una pareja ya mayor, que conozco desde mis primeros años de facultad. Viéndolos caminar juntos recordé cuánto me habían enseñado. Veinteañera, recién casada, estrenando mi condición de Malamadre y en medio de una de esas debacles económicas a la que esta cruel Argentina nos somete, tuve la fortuna de cruzármelos en mi camino. La inexperiencia y la desolación se notaban en mi cara. La hiperinflación nos obligaba a estar al tanto de la cotización del dólar y de la ubicación exacta de los proveedores de harina, aceite y azúcar, asi como a organizarnos para poder seguir estudiando y comiendo. Y en esas lides de supervivencia Horacio y Cristina eran (y deben serlo todavía) unos maestros. Entre varios comprábamos una sola copia de las lecturas obligatorias y nos las leíamos haciendo la cola para comprar dos kilos de harina y dos kilos de azúcar por persona.
De más está decir que yo jamás en mi vida había hecho pan. Ellos tenían ocho chicos (si ocho!) vivían en un barrio humilde cercano a la Universidad y habían podido acceder a la educación superior gracias a un Bachillerato Especial para Adultos. Con ellos aprendí que cuando la cosa se pone fea la única manera de salir adelante es ayudándonos, estrechando todos los lazos de solidaridad posibles con quien lo necesite.
Horacio, una tarde que una profesora se adhirió sorpresivamente al paro, me arrastró hasta su casa y me dijo: “-Hoy es un gran dia, vas a aprender a hacer pan!” , yo no podía entender su alegría, a gritos maldecía a la profesora que me había hecho gastar en colectivo los pocos pesos que me quedaban, y antes de abandonarme a la ira me dejé arrastrar … y compramos la grasa, la levadura y mientras tomábamos unos amargos (el azúcar era para los chicos) mojamos la masa, él con sus manazas de laburante le daba forma al amasijo. “-Mirá! haces así y salen unas trencitas bien churitas! Y si doblás así la masa, fijate bien, y le haces dos cortecitos asi, podes hacer perritos!” y poco a poco enharinada hasta los pelos olvidé mi furia y aprendí a hacer pan. Cristina sonreía haciéndo circular el mate.
Esa nochecita volví a mi casa feliz. No tenía un peso en el bolsillo. Marido y Malahija me esperaban. Aún recuerdo los ojos de mi amor al ver el paquetito con trencitas y perritos todavía tibios! Nuestra cena fué mate cocido y pan casero. En medio de tanto desasociego , de la falta de trabajo, de la ausencia de proyección, del susto de la responsabilidad de ser padres, y de la impotencia, el compartir el pan nos hizo fuertes. Y supimos que ibamos a sobrevivir. Y sobrevivimos.
Hoy, mucho tiempo después, vi a Horacio y Cristina caminar juntos por la calle, por la vida y sonreí agradecida. En mi recuerdo queda atesorada esa tarde en la que aprendí a sobrevivir.

5 comentarios:

David Taboada dijo...

"estrechando todos los lazos de solidaridad posibles con quien lo necesite"

Me llevo esta frase, vale oro!

Chuchinga dijo...

La historia me conmovió, no sólo por tu tributo a la generosidad de estos amigos, sino por la similitud de tu historia con la mía. Horrible la época de las necesidades (no está enterrada...)y hermosa la gente que se cruzó para enriquecer el camino, para aportar, para hacerlo más llevadero. Por hacerme pensar en todos ellos, gracias.

Blowe dijo...

Capacidad para descubrir lo bueno dentro de lo malo, sacarlo y transformar la realidad.
¡Estas son historias!
¿ve que usted no es tan mala después de todo?

Walter dijo...

Divertido el blog!
Me pongo a seguir a una mala madre.

Anónimo dijo...

Pues aquí estoy, te dejo un saludote, y unas inquietudes, escribe tu el texto de tu vida, que yo hoy, solo estoy cascarón y de mala leche con los políticos. Twitter / Etche